Mariela, el poder femenino en medio de la guerra
- Ana Caro
- 29 jul 2024
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 20 sept 2024
La voz de una mujer hace eco en las voces de muchas que, como ella, padecieron la violencia sexual en Colombia.
Por: Ana Carolina González

Si hay una canción que defina a Mariela Triana sería esa que reza: “Tantas veces me mataron, tantas veces me morí, sin embargo estoy aquí resucitando. / Gracias doy a la desgracia y a la mano con puñal, porque me mató tan mal. / Y seguí cantando”, escrita por la argentina María Elena Walsh e interpretada por Mercedes Sosa.
Matemáticos y físicos hablan de cómo el mundo no sigue un principio milimétrico y predecible. Hablan de la teoría del caos para referirse a la forma en que distintas variables dan forma a un evento. Los fenómenos caóticos abundan en la astronomía, la psicología, la naturaleza, y también en la vida diaria.
Siempre habrá un margen de error, un lugar para que el azar altere lo que pensábamos estable, un batir de alas que de repente, en sólo segundos, nos sacude y conmociona.
El batir de alas que sacudió la vida de Mariela Triana no fue uno menor, ocurrió la noche del 30 de agosto de 1996, cuando las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo (FARC-EP) tomaron el Municipio de Capitanejo-Santander. Ese día, su vida y la calma de su comunidad fueron irrumpidas por el estruendo de la guerra. “Esa fecha nunca en la vida se me va a olvidar porque es el mismo día de mi cumpleaños”, dice Mariela.
Eran cerca de las seis de la tarde y Mariela había salido con su esposo y su hija, que en esa época rondaba los 7 años, a invitar a unos amigos a compartir una torta de cumpleaños. Justo cuando habían caminado cinco cuadras hacia el parque, a ella le llamó la atención la aparición de dos turbos (dos carros grandes) con hombres vestidos de soldados. Con sorpresa se los señaló a Óscar justo en el momento en que se estaban acercando a la estación de policía, a lo que él respondió que desafortunadamente esos hombres no eran militares, que se trataba de un grupo armado, y que tenían que huir.
“Le pedí que corriéramos, pero me dijo que ya era muy tarde, y que no alcanzaríamos a llegar a ninguna parte. No tuvimos otra opción sino meternos en la oficina de la electrificadora, un espacio muy pequeño pero que se podía cerrar. Al frente estaba la estación de policía. Apenas cerramos la puerta, oímos que empezaban a disparar, tiros que iban y tiros que venían. La luz se fue. Nunca habíamos tenido tanto miedo”, relata Mariela.
Recuerda también que durante esas largas horas, como inspirado por la dureza de la película La vida es bella, Óscar trataba inútilmente de calmar las preguntas y el llanto de su pequeña hija, explicándole que el sonido no era otra cosa sino pólvora, que no tenían razones para sentir angustia, que todo estaba bien.
Pero eso contradecía la realidad, sobre todo cuando los tres, junto con los trabajadores de la oficina de la electrificadora, se encontraban apretados como sardinas en un mismo baño y ya habían perdido la noción del tiempo y el control de sus propias necesidades.
Por si no fuera suficiente, el techo se había desplomado sobre sus cabezas causándoles algunas heridas, y Mariela se hubiera desangrado a causa de una herida en la pierna si no hubiera sido por Óscar que se quitó la camiseta para hacerle un torniquete.
Parecía que hubieran pasado días, aunque sólo fueron horas. La toma tuvo lugar entre las siete de la noche del 30 de agosto y las cinco de la mañana del día siguiente. Esa madrugada, cuando se silenciaron los tiros, lograron ver que sobrevolaba un avión del ejército y entre los estragos pudieron sacar una vara con un trapo blanco para que alguien de afuera los encontrara y ayudara a salir.
Cuando pudieron regresar a casa la encontraron casi vacía. El sancocho de gallina que había quedado especialmente rico —recuerda Mariela— ya no estaba ni tampoco la torta que esperaba compartir con sus amigos para celebrar su cumpleaños. “Los guerrilleros se comieron todo lo que había en casa, me desocuparon la nevera, se llevaron el papel higiénico que teníamos de reserva para algunos meses, las sábanas de las camas escurrían sangre, me imagino que intentaron curar allí [a] sus heridos”, relata.
Ocho meses después de la ocupación, ya para 1997, la guerrilla regresó para quedarse y hacer su ley en Capitanejo. En el pueblo se contaban en cientos las desapariciones, muertes y violaciones.
Atrás había quedado la ‘paz’ del pueblo, la experiencia de Mariela como hija consentida, la protección de sus hermanos mayores, y la tranquilidad de ayudar a su mamá cuando cocinaba en la plaza. Todo se había desvanecido. Un medicamento, Ativán, se había tornado en el soporte de la nueva realidad de Mariela, mientras intentaba ganarle la carrera al miedo.
Una realidad brutal
En el pueblo como en el país continuaba la guerra. La brutalidad de esas experiencias la dejaron destrozada, e incluso sin memoria durante un tiempo. Para Mariela y su familia, la toma de su comunidad fue el principio del trauma y la desesperación colectiva.

Los armados llegaban a su casa como si se tratara del mejor de los hoteles. Le pedían cualquier antojo: una ducha, un plato de sopa, que les cocinara una gallina, una cama limpia para dormir… Forzaban su cuerpo en busca de sexo.
Su esposo tuvo que huir a Bogotá, no sólo porque lo habían amenazado, sino por el sentimiento de impotencia que le producía ver todo eso sin poder hacer nada. Al cabo de dos años, cuando el corazón no podía más con la distancia, decidió regresar y fue asesinado en 2001 por el Bloque Central Bolívar, una de las estructuras paramilitares más poderosas que tuvo el país. Por su trabajo en la alcaldía asumieron que era un informante.
Mariela había perdido todo, incluso al amor de su vida.
La guerrilla la hizo objeto de los actos más atroces de violencia sexual, perpetrados por individuos de las FARC, ese grupo que nació como autodefensas campesinas ante la violencia estatal y las desigualdades del país, y que al final estos terminaron siendo actores principales de un conflicto armado que dejó casi 8,8 millones de víctimas.
El escape
“Como si no fuera suficiente, luego de la muerte de mi marido viví la más brutal de las injusticias. La guerrilla volvió a abusar de mí, pero esta vez eso incluyó que me arrancaran una parte íntima de mi cuerpo, y con eso me arrebataron la poca dignidad que aún intentaba resguardar”. Lo peor es que para Mariela esa pesadilla se volvía aún más tenebrosa cada día. “Se metieron con lo que más amaba, mi hija Julia y su pequeño cuerpo de apenas 9 años”, relata Mariela. Fue ahí, en medio de esa vejación que, cargada de cicatrices y sin ningún lugar a dónde huir, Mariela decidió escapar con su pequeña arriesgando sus vidas. “No iba a permitir que mi hija se convirtiera, como yo, en una esclava de esa violencia”.
La única opción fue renunciar a la vida como la conocía, a su familia y al territorio. Sus hermanos la disfrazaron —a ella y su hija— con cachuchas y ruanas, y un amigo arriesgó su vida al conducirlas hasta la agencia de Ecotrans, donde ambas tomarían un bus. Si eran retenidos los tres en el camino, tenían una única arma de defensa, un machete.
“Pudimos tomar el bus. Cuando tomamos la vía hacia Cúcuta, respiré. Al llegar al municipio vecino de Chitagá, supe, por primera vez en meses, en años, en lo que parecían décadas, que estábamos a salvo”.
“Ese mismo 2001 pude sobrevivir en Cúcuta y luego terminé en Bucaramanga [capital del departamento de Santander] en búsqueda de mejores oportunidades. Trabajé en restaurantes como mesera y cajera, cualquier peso que recibía en mis manos se convertía en una fortuna y también podíamos comer. Al comienzo solamente arroz, huevo y aguapanela. Pero hoy le doy gracias a Dios porque pude sacar a mi hija adelante a pesar del dolor de esos años”.
Tras esa experiencia de violencia, Mariela empezó a sentir la necesidad de reconciliarse con la situación del país, de su territorio y su propio cuerpo. “En esas épocas, llegué a la Alianza Iniciativa de Mujeres Colombianas por la Paz, donde las mujeres que la conformaban me vieron con ganas de cambiar, me apoyaron para mi educación y me capacité en la Universidad Santo Tomás”.
Esa educación y la bondad de las mujeres de la alianza la hicieron sentir nuevamente viva, y en 2013 Mariela puso en marcha su emprendimiento, la Asociación de Víctimas Desplazadas: La esperanza de un bello amanecer. Con su organización apoya a mujeres sobrevivientes de la violencia sexual de cualquier índole, no sólo de la guerrilla. Uno de sus objetivos es darles apoyo legal y de bienestar. “Todas tenemos cicatrices y aunque debemos verlas, no tienen por qué doler eternamente”, dice.
Hoy, Mariela todavía sufre episodios de depresión, ansiedad y muchas veces se ha sentido sola. Ella es consciente de que aún necesita trabajar en su recuperación emocional, pero su misión es su guía: cerrar el ciclo de adversidades de muchas mujeres que han padecido en carne propia el conflicto.
Extracto de la historia de Mariela Triana que será parte de una colección de relatos de mujeres sobrevivientes del conflicto armado en Colombia.
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